José Ramón García (INGA) se ha convertido en una de las voces más reconocibles en Twitter dentro del debate sobre el sector del juego. No habla desde la superficie: lleva años señalando prácticas que, a su juicio, han convertido parte de la industria en un espacio donde el usuario queda demasiadas veces en clara desventaja frente a operadores, afiliados y servicios de pronósticos.
Su mirada es crítica, pero no simple. INGA no reduce el problema a “apostar está bien” o “apostar está mal”. Su foco está en otra parte: cómo se comercializa el juego, qué expectativas se generan, qué ocurre con las cuentas ganadoras, qué papel tienen los afiliados y por qué una industria tan sensible sigue teniendo zonas grises que afectan directamente a los consumidores.
Pregunta. En un momento en el que el juego online sigue creciendo en España, con más apostadores deportivos activos y un ecosistema cada vez más apoyado en marketing, influencia y captación, la pregunta de fondo es incómoda: ¿están los usuarios tomando decisiones informadas o simplemente están entrando en una maquinaria diseñada para que sigan jugando?
Respuesta. Bien. Para empezar, la cuestión que planteas es vital porque funciona como pregunta cero: la pregunta incómoda que debería incomodar a legisladores y reguladores cuando diseñan políticas públicas sobre juego.
Son ellos quienes tienen la competencia y la capacidad para que ese principio ordene la actividad y, al mismo tiempo, sea una condición fundamental para gobernar el consumo de los participantes. La decisión informada es la precondición necesaria antes de cualquier acto de consumo: sin ella, ni la prevención de riesgos ni la reducción de daños pueden construirse sobre un marco adecuado a la naturaleza singular de esta actividad.
1000 apostadores deportivos nuevos diarios de media en .es.
¿cuántos saben dónde se meten y cómo funciona este ecosistema ?— José Ramón Gª Dº (@inga1937) September 20, 2026
Una de las máximas en cualquier toma de decisiones es poder afrontarla con la mayor información posible y con garantías sobre esa información. Solo así se pueden ajustar las expectativas a los resultados inciertos, pero plausibles, de nuestros actos. Y cuando hablamos de juego y apuestas, esa pregunta se traduce en algo muy concreto: si los consumidores están tomando decisiones informadas dentro de un entorno regulado que supervise que esa condición, y ese derecho, realmente se cumplen.
Mi respuesta, fruto de las conclusiones del trabajo que llevo tiempo analizando y documentando sobre el fenómeno de las apuestas, es muy directa: no, los usuarios no están tomando decisiones informadas. Y, además, esa es precisamente la característica principal del funcionamiento de esta maquinaria de diseño: capitaliza expectativas distorsionadas dentro de todo un ecosistema de agentes donde sí existen ciertos roles y perfiles “informados” que aprovechan la desinformación, o la ausencia de información completa, para desarrollar estrategias propias alineadas con sus objetivos comerciales.
P. José Ramón, hemos empezado fuerte... pero vayamos al origen: ¿en qué momento pasas de ser usuario del sector del juego a convertirte en una de sus voces más críticas?
R. Llevo toda la vida siendo usuario directo del juego e incluso beneficiario indirecto. Primero como consumidor activo de distintos productos y, antes de eso, como parte beneficiada por la propia actividad: me crié en un bar donde “los boletos”, los cupones de los ciegos, las partidas de cartas y las tragaperras formaban parte del entorno, pero también del ingreso familiar. Es decir, mi relación con el juego no empieza ni como jugador ni como crítico, sino como alguien que vivió de ello sin saberlo.
Mi bagaje es amplio, con vivencias de todo tipo. Ahí entran los problemas de juego de mi padre, que incluso lo llevaron a la privación de libertad, y también problemas propios durante la adolescencia con modalidades como las cartas y las tragaperras.
Pero hay un episodio que destacaría por encima de todos, porque tuvo un impacto enorme y me obligó a poner al día mi honestidad con la actividad. Fue durante los tiempos de regulación de la Ley 13/2011, cuando al Ministerio de Hacienda no se le ocurrió mejor idea que perseguir a ludópatas por sus ganancias de juego online anteriores a la regulación española.
Sí, supongo que la frase chirría: ludopatía y ganancias. En el 99% de los casos son dos conceptos que nunca pueden ir juntos. Y ahí está precisamente la clave de lo que vino después, porque la Administración no estaba mirando a ganadores netos. Estaba aplicando una estrategia interpretativa falaz, con ánimo recaudatorio y sin pudor alguno ante comportamientos claramente problemáticos de apostadores online.
Fue en ese momento, allá por 2014, cuando empecé a cuestionar toda mi experiencia con el juego y las apuestas, a raíz de ser yo uno de los inspeccionados y perseguidos. Durante los cuatro años que duró el litigio, pasaron por mi mesa incontables “historiales de cuenta de usuario” que me llegaban por correo y redes sociales de personas jugadoras que habían recibido la cartita del fisco.
Llegaban a mí porque, en cierto modo, fui el primero en desafiar aquel atropello en los tribunales. Hacienda no admitía compensar las pérdidas con las ganancias y proyectaba su afán recaudatorio solo contra las apuestas ganadas. Una aberración contable, jurídica e institucional que fue noticia del sector en aquellas fechas, y donde los vulnerables, las personas que experimentan problemas con el juego y sobre las que el sistema debería girar, fueron incomprensiblemente víctimas del propio sistema.
Ahí empieza mi recorrido crítico. Primero el autocrítico, cuestionando mis propias creencias; después, analizando todas las fallas, competencias, prácticas y relaciones de ese sistema.
Desde entonces mi comprensión del fenómeno no solo ha cambiado, sino que me siento en la obligación de colaborar en su reordenación. De ahí viene mi labor crítica y de investigación, en la que he tenido que importar lenguaje de la psicología, la salud pública, el derecho, la microestructura de mercados y las finanzas, la economía conductual, etcétera.
Todas esas disciplinas tienen su propio vocabulario y casi nunca se leen entre ellas. Los problemas viven justo en esas costuras, en su incapacidad de comunicarse, porque aparentemente debaten conceptos distintos cuando muchas veces están hablando de lo mismo, solo que desde idiomas disciplinares diferentes.
Mi trabajo consiste, en buena medida, en hacer de traductor y puente entre todas ellas. De ahí sale mi voz crítica actual: de mi historial, de haber visto que el sistema falló precisamente a quienes tenía que proteger y de haberme percatado de unos incentivos mal ordenados que acaban siendo determinantes en todas las relaciones y en todo el tejido de la actividad.
🔍 P. Hace poco escribías una reflexión muy dura: que en diez años casi se ha doblado el número de apostadores deportivos activos en juego online y que, sin embargo, “nada ha cambiado salvo una estructura de marketing e influencia que depende de flujo y clientes, importando una mierd* que haya decisiones informadas”. ¿Qué significa exactamente eso? ¿Dónde está el fallo principal: en los operadores, en la regulación, en los afiliados, en los tipsters o en todo el ecosistema?
R. Significa que, si el problema es la falta de decisiones informadas, ese problema no solo sigue ahí: ha escalado. Y, aun así, no se han tocado las condiciones en las que los consumidores deciden.
Mi tesis apunta a un fallo estructural del regulador, porque es quien diseña el marco en el que después se mueven operadores, afiliados, tipsters y consumidores. Decir que el problema es de todo el ecosistema suena cómodo, pero diluye responsabilidades.
El error viene de encajar las apuestas actuales en una figura pensada para otro tiempo: el contrato aleatorio de juego del Código Civil de 1889. Hoy una casa fija cuotas, decide qué eventos ofrece y también con qué clientes quiere seguir trabajando.
De ahí nacen incentivos mal ordenados. El marco no premia decisiones informadas: premia flujo y clientes que explotar.
P. También se ha hablado de una media cercana a mil nuevos apostadores deportivos diarios en España. Más allá del dato concreto, ¿qué lectura haces de ese crecimiento?
R. Va en la línea de lo anterior: se ha creado un entorno perfecto para producir expectativas y, con ellas, flujo y clientes que monetizar.
Lo que vemos es una versión actualizada del boca a boca tradicional, pero amplificada por redes y comunidades digitales. Ahí entran tanto los canales más formales, como creadores de contenido o pronosticadores, como los espacios informales donde apostadores y tipsters comparten públicamente su experiencia.
Todo ese conjunto hace que el perfil de consumidores y profesionales de los pronósticos sea distinto al de otros productos de juego online.
P. ¿Estamos ante una industria que simplemente ha normalizado su producto o ante un modelo que necesita captar usuarios constantemente para sostenerse?
R. La industria aprovecha muy bien, y a bajo coste, la comunicación informal de miles de apostadores que comparten públicamente su experiencia. Ahí se vende la expectativa de premio, pero también algo más: la sensación de que decidir bien será recompensado.
Las redes sociales refuerzan esa idea. El apostador no solo participa en el producto, también gana estatus cuando acierta, publica o se integra en una comunidad. Esa mezcla entre apuestas, reconocimiento social y apariencia de mercado financiero es muy potente.
A todo eso se suman las comunicaciones comerciales formales alrededor de comunidades de influtipsters y servicios de información. Son espacios que saben canalizar tráfico y clientes, en un modelo donde la rotación es necesaria porque, como en cualquier ecosistema de suma cero, los recursos se agotan.
P. El Ministerio de Consumo ha consultado a distintos actores del sector para estudiar mejoras en la normativa actual. Si dependiera de ti, ¿cuáles serían las primeras medidas que habría que tocar? ¿Hablamos de publicidad, límites, bonos, afiliación, transparencia en las cuentas, protección del usuario o sanciones más duras?
R. Para esta pregunta remitiría al lector al documento de trabajo que AEJAD, de la que soy socio y colaborador, ha presentado en la consulta pública del actual proceso de reforma de la Ley 13/2011. Ahí se desarrolla un diagnóstico amplio sobre el fenómeno contractual y conductual de las apuestas deportivas, con evidencia, pruebas y posibles líneas de solución.
Hemos presentado las aportaciones de AEJAD a la consulta pública de la DGOJ para reformar la Ley del Juego (Ley 13/2011). Llevamos tiempo denunciando los cierres y limitaciones de cuentas por motivos comerciales, y hoy lo ponemos por escrito ante el regulador 👇 pic.twitter.com/E1SrI2eOvw
— Asoc. Española de Jugadores de Apuestas Deportivas (@AEJAD_ESP) June 22, 2026
Dicho esto, si dependiera de mí, la medida clave sería intervenir sobre las limitaciones y los cierres unilaterales de cuentas en apuestas deportivas de contrapartida. A mi juicio, ese es el incentivo que mueve todo lo demás y el único con capacidad real para reordenar el ecosistema.
La decisión informada debe gobernar dos planos: el contractual, vinculado a la seguridad jurídica y al derecho de consumo; y el conductual, relacionado con la salud pública y con cómo se forma realmente la decisión del usuario. El primero se mira a medias. El segundo, directamente, casi no se mira.
Tocar ese punto ordenaría no solo la decisión del consumidor, sino también la de cada actor del sector. Aunque eso supusiera menos flujo y menos clientes, que para muchos es “el tema”, sería apostar por la decisión informada de pleno derecho y de hechos.
🔍 P. Una de las quejas más repetidas entre apostadores deportivos es que las casas pueden limitar, cerrar o bloquear cuentas de forma unilateral cuando el usuario gana o deja de ser rentable.
¿Es este, para ti, uno de los grandes abusos del sector? ¿Cómo debería regularse el trato a los clientes ganadores en apuestas deportivas de contrapartida?
R. Es algo más que una queja clásica del sector. La limitación o el cierre de cuentas es el momento en el que la expectativa que se había vendido al usuario se rompe por una decisión externa a su voluntad. Deja de poder participar no por cómo decide apostar, sino porque el operador decide unilateralmente cortar o modificar esa relación.
Eso es lo que se conoce como gubbing: la capacidad de una casa de apuestas para limitar, cerrar o alterar la relación comercial con un cliente. Andrew Rhodes, exCEO de la Gambling Commission británica, lo ha descrito como una “característica del modelo de negocio”. Y si es una característica del modelo, el problema no es puntual: forma parte de cómo funciona el sistema.
Ese poder ayuda a explicar fenómenos como las multicuentas, la suplantación de identidad o la canalización hacia operadores sin licencia. Si un usuario competente acaba expulsado del circuito regulado, el propio sistema empuja a buscar vías alternativas.
La solución pasa por revisar la relación contractual entre empresa y consumidor. Los términos y condiciones deberían ser justos, transparentes y no discriminatorios para usuarios que firman el mismo contrato. Sin esa garantía, no puede existir una decisión informada real.
P. Has escrito que el ecosistema fabrica expectativas y manipula las decisiones de los consumidores finales. Es una frase fuerte, pero bastante precisa. ¿Dónde ves esa fabricación de expectativas? ¿En los bonos, en los mensajes de rentabilidad, en los tipsters, en los afiliados, en los rankings de casas o en la forma de vender las apuestas como si fueran una inversión?
R. Es una conclusión fuerte, sí. Pero me reafirmo y la suscribo de nuevo. Es una de las conclusiones centrales de mi tesis y se entiende mejor si observamos cómo interactúan los incentivos y las relaciones dentro de esta actividad.
La afirmación implica varias cosas. Primero, la expectativa que genera el producto. Segundo, la expectativa que genera el propio servicio dentro de un marco regulado. Y tercero, que el modelo actual vive precisamente de lo que venimos comentando: empresas de pronósticos, afiliados y creadores de contenido que generan flujo y clientes para que operadores de contrapartida y otros servicios paralelos puedan capitalizar ese tráfico.
Todo depende, en buena medida, de una decisión informada pobre e incompleta, especialmente en el participante novel que decide entrar en la actividad. Y aunque el sector haya interiorizado como algo normal el poder unilateral de expulsar a los ganadores, eso no deja de ser una trampa y una estafa cognitiva.
Voy a desarrollarlo un poco. Apostar en mercados deportivos no es una conducta de apuestas al uso que podamos comparar sin más con otros productos del juego online. Aquí hay una cuota que no solo funciona como coeficiente de retorno del premio, sino también como un precio legible al que se contrata. Eso estimula en el usuario una sensación de agencia sobre una posición con valor, casi como si pudiera negociarse en un mercado.
Nunca lo fue del todo, pero precisamente por eso ahora hace falta delimitar mucho mejor los perímetros y el uso socioeconómico que hay detrás de la participación ciudadana en este tipo de productos. Cuando usamos el concepto “mercado”, deberían saltar todas las alertas conductuales.
Los mercados de predicción son un buen espejo de esa doble naturaleza: están a medio camino entre lo lúdico del gambling y lo lucrativo de las finanzas. Esa dicotomía siempre ha existido en las apuestas de contrapartida, pero el modelo de contraparte única y también el exchange betting han tomado prestado el lenguaje inversor sin asumir el régimen que les correspondería.
Por eso, cuando digo que el ecosistema actual fabrica expectativas y manipula decisiones, hablo de esa frontera. Por un lado, están las expectativas realistas de ganar dinero que la propia actividad ofrece, porque funciona como un formato de premios o retornos característico de un mercado. Por otro, está la realidad práctica del gubbing, su tejido asociado y ese disfraz de mercado que se utiliza para mercantilizar flujo y clientes sin respetar, con nombres y apellidos, las propiedades reales del producto.
Toda la ingeniería conductual de los bonos, las cuotas mejoradas, el marketing y los mensajes promocionales vive de esa brecha. Se producen expectativas con lenguaje de mercado para manufacturar preferencias; es decir, para no respetar la preferencia genuina del consumidor. Y, al mismo tiempo, se penaliza a quien tiene cierto éxito, porque la viabilidad económica de todos los actores implicados depende de una rotación artificial: la que aparece cuando el sistema anula tu nombre y apellidos si tu comportamiento proyecta un LTV negativo.
P. Tú has comentado que no tienes un problema con la afiliación en sí, sino con la afiliación cuando convive con servicios que venden expectativa de retorno agregado en el tiempo.
Dicho de forma sencilla: ¿cuándo la afiliación es una vía legítima de monetización y cuándo se convierte en un conflicto de intereses para el usuario?
R. La afiliación en sí no me parece un problema. Recomendar productos o servicios y cobrar por ello es una actividad económica normal en cualquier sector. El problema no está en el afiliado neutro, que informa sobre operadores con licencia o productos disponibles, sino en quien utiliza esa posición para vender expectativas de ganar a largo plazo.
¿qué diferencia hay entre un servicio de buenos pronósticos que también monetiza afiliación de uno que siendo afiliado ofrece picks random?
Os leo.— José Ramón Gª Dº (@inga1937) September 15, 2026
El conflicto aparece con determinados perfiles mediáticos e influtipsters: tipsters con afiliación que recomiendan picks ganadores y, al mismo tiempo, envían tráfico a la empresa que puede limitar o expulsar a los clientes que ganan. Ahí hay una tensión evidente, porque el revenue de la casa con la que mantienen el acuerdo depende de la pérdida del consumidor.
La anomalía es que el usuario puede contratar un servicio de pronósticos, pero luego no siempre puede ejecutar esa estrategia con su nombre y apellidos en la casa a la que le están refiriendo. Y eso no ocurre en cualquier sector: es una característica muy concreta de este modelo.
Quizá una forma mínima de transparencia sería que el influtipster publicara cuánto aguanta viva una cuenta siguiendo su estrategia a largo plazo. Ese dato sí ayudaría al consumidor a tomar una decisión más informada. Pero como quien paga por el referido forma parte del propio modelo, esa tensión difícilmente se resuelve.
🔍 P. Hace poco planteabas una pregunta interesante: qué diferencia hay entre un servicio de buenos pronósticos que también monetiza afiliación y otro que, siendo afiliado, ofrece picks random.
¿Has encontrado respuesta? ¿Cómo se puede distinguir un servicio con trabajo real detrás de otro que solo necesita volumen, clics, registros y rotación de usuarios?
R. La diferencia existe, pero es incómoda. Algunos servicios sí pueden responder a ciertos estándares de verificación y mostrar un valor esperado positivo sostenido. Otros simplemente aciertan algún pick, se colocan el disfraz de tipster y cumplen su función principal: vender referidos.
El problema es que, incluso cuando el servicio es bueno, muchas veces esa estrategia solo puede ejecutarse en la práctica mediante terceros, multicuentas o dejando de operar con nombre y apellidos. Y eso no es un vicio del usuario, sino una consecuencia del sistema: un modelo que sobrevive porque puede expulsar a quien gana.
Por eso, tanto el buen pronosticador afiliado como el vendehúmos pueden acabar compartiendo una función parecida: derivar tráfico para que luego el operador lo segmente. En redes, la competencia por monetizar audiencia ha hecho que tipsters, influtipsters y tricksters terminen copiándose formatos, trucos y estrategias de captación.
P. Has señalado una paradoja bastante incómoda: si un tipster es realmente bueno, puede acabar condenando a sus seguidores a perder sus cuentas o sufrir limitaciones.
¿Resume esto el problema del modelo tipster en apuestas deportivas? ¿Puede existir un servicio de pronósticos rentable, masivo y sostenible si las casas limitan al cliente que gana?
R. Es una paradoja para quienes lo ven desde fuera, tanto desde la representación social como desde la académica. Pero dentro del sector no sorprende a nadie: en este mundillo, apostar con nombre y apellidos puede convertirse en una conducta penalizada por el propio sistema.

Cuando el éxito de un servicio de picks, un software o un scanner termina destruyendo la capacidad del cliente para colocar esas apuestas, aparece una anomalía social y económica muy difícil de encontrar en otros mercados. El producto promete una ventaja, pero si esa ventaja funciona, el usuario puede acabar limitado.
La lógica de los incentivos y de la microestructura de mercados pesa como una ley física. Todo depende de si hablamos de mercados líquidos o ilíquidos. Pero cuando ese mercado lo gestiona una contraparte que no solo participa en él, sino que elige eventos, fija precios, maneja riesgos y además puede expulsar a quienes amenazan su margen, la lógica se vuelve perversa.
En ese sentido, el modelo softbookie convierte esa paradoja en una de sus virtudes: canaliza expectativas, atrae clientes y se reserva la capacidad de cortar la relación cuando el cliente deja de ser rentable.
Y no, no puede existir un servicio que reúna a la vez esas tres características: rentable, masivo y sostenible. La ventaja del analista o del software existe porque esas cuotas están colgadas; y esas cuotas están colgadas porque quien las gestiona puede limitar o expulsar. Si hubiera profundidad real y nadie pudiera ser expulsado, muchas de esas cuotas desaparecerían. Es circular: la maquinaria funcionando a pleno rendimiento.
Puede haber servicios buenos en el sentido que comentábamos antes, mediante multipersonalidad o cuentas que sobreviven un tiempo por circunstancias concretas. Pero, en general, quien señala precios termina monetizando un conocimiento que no puede escalar como apostador. Por eso hoy pesa más la ilusión de profesionalizarse como pronosticador que la vieja figura del apostador profesional. Y no son lo mismo.
P. Otra cuestión que tú mismo has lanzado: ¿los afiliados de apuestas deportivas deberían tener licencia y un marco propio de regulación? ¿Qué tendría que exigirse a un afiliado que monetiza tráfico de apuestas?
R. La afiliación, entendida como actividad comercial, es legítima. Mediar en la apertura de cuentas o actuar como canal de comunicación comercial no debería ser un problema en sí mismo. El terreno se complica cuando hablamos de apuestas deportivas y, especialmente, de pronosticadores que combinan picks, influencia y afiliación.
Ahí aparece un conflicto evidente: el pronosticador compite con otros servicios de picks para captar suscriptores, pero al mismo tiempo recibe ingresos del operador que no quiere ver amenazado su margen por clientes ganadores. Es decir, puede recomendar apuestas con valor mientras envía tráfico a una empresa que tiene capacidad para limitar o expulsar a quien gana.
La licencia para afiliados podría ser una vía. Bulgaria, por ejemplo, acaba de imponerla. Pero quizá ni siquiera haría falta llegar ahí si las autoridades aplicaran con rigor las normas generales de publicidad y las normas específicas del sector, que ya alcanzan a los operadores cuando firman acuerdos con afiliados.
Si las regulaciones de juego no trataran este tipo de mensajes como un producto de ocio o entretenimiento como vienen haciendo... este contenido sería ilegal por defecto.
Pero como los legisladores están en un punto ciego, están permitiendo un entorno donde lo que permiten es… https://t.co/e9J1QRHPWB— José Ramón Gª Dº (@inga1937) August 23, 2026
El fondo del asunto es la arquitectura de incentivos: se premia el flujo, los clientes y el tráfico sin preocuparse lo suficiente por la decisión informada del usuario final. En servicios financieros, la publicidad que puede distorsionar el comportamiento económico del inversor se vigila con mucha más atención. En apuestas haría falta algo parecido: un código de conducta muy estricto que limite la manipulación.
El artículo 27 del Real Decreto 958/2020 ya intentaba mirar en esa dirección. Exige que los pronosticadores con acuerdos publicitarios publiquen todos sus resultados en los mismos canales donde difunden sus pronósticos. Pero ahí aparece otra contradicción: la norma presupone que el pronosticador puede operar de verdad en esa casa, cuando muchos afiliados con valor esperado positivo tienen su cuenta personal cerrada o limitada.
En resumen, a cualquier afiliado que monetice tráfico de apuestas habría que exigirle transparencia total: sobre su acuerdo con el operador o el B2B que lo subcontrata, sobre sus resultados y sobre sus picks, tanto en canales gratuitos como premium. Porque el canal free también forma parte del embudo de conversión. No empieza el negocio cuando llega el pago: empieza cuando se moldea la expectativa del usuario.
🔍 P. Una de las medidas que se ha puesto sobre la mesa es recuperar la limitación de los bonos de bienvenida para usuarios que lleven al menos 30 días registrados.
¿Crees que una medida así cambiaría algo de verdad o sería solo un parche? ¿El problema está en el bono en sí o en cómo se utiliza el bono para captar, retener y reactivar usuarios?
R. El bono es uno de los incentivos más poderosos del juego online. Puede presentarse como un regalo o como un coste de adquisición, pero en realidad está diseñado para provocar una respuesta muy concreta: que el usuario deposite, juegue y vuelva a depositar.
Retrasar el bono de bienvenida 30 días tendría efecto, porque separa el registro del depósito. Pero, para mí, el bono más delicado no es solo el de captación, sino el de retención y reactivación: el que aparece cuando el usuario estaba a punto de abandonar y busca empujarlo a volver.
Por eso, la medida clave no sería únicamente limitar el bono de bienvenida, sino regular la retención y la reactivación de usuarios inactivos. Habría que exigir trazabilidad: quién recibe cada promoción, por qué la recibe y en función de qué comportamiento previo.
No es lo mismo una preferencia real de consumo que una preferencia fabricada. Ahí es donde la ingeniería del bono contamina la decisión informada. Si se prohibieran los bonos, probablemente veríamos a muchos operadores obligados a hacer verdadero bookmaking a la antigua.
P. También has sido crítico con la promoción de operadores o productos que no tienen licencia en España. Uno de los casos más virales fue el de Iker Casillas como embajador de Stake, una casa sin licencia española.
¿Qué diferencia hay, si la hay, entre promocionar Stake, promocionar prediction markets como Kalshi o enviar usuarios españoles hacia apuestas en Pinnacle desde servicios asentados en España? ¿Estamos ante el mismo problema con distintos envoltorios?
R. No son el mismo problema, aunque a veces se mezclen en el debate. Para analizarlo bien hay que separar tres planos: canalización, régimen y modelo. No es lo mismo a dónde se envía al usuario, bajo qué marco opera ese producto y qué le ocurre al consumidor una vez dentro.
Stake es un sportsbook de contrapartida tipo soft, parecido en funcionamiento a muchas operadoras .es. Es decir, gubbea: su modelo depende de gestionar clientes, no solo de gestionar exposición, márgenes y precios.
Kalshi, en cambio, es un prediction market bajo una lógica financiera, con intercambio entre pares. Y Pinnacle es un sportsbook tipo sharp, más cercano al bookmaker clásico: trabaja sobre volumen, ajusta precios y, en general, no suele gubbear.
En el plano de la canalización sí hay un problema común: enviar a consumidores españoles a operadores o productos sin licencia española los deja fuera del marco de protección sectorial y de consumo. Ahí el riesgo existe en los tres casos.
Pero en el plano del modelo no son iguales. Mandar a un usuario a un operador que gubbea significa enviarlo a un sitio donde, si gana o usa bien el producto, puede acabar expulsado. Enviarlo a un modelo que acepta volumen, ajusta precio o casa posiciones entre usuarios no produce el mismo efecto, aunque siga sin tener licencia española.
Ahí está lo incómodo: hoy se juzga mucho más el perímetro —si tiene licencia o no— que lo que realmente le ocurre al consumidor una vez dentro. Promocionar una casa con licencia española que gubbea puede ser legal, pero ese usuario competente acabará igual de limitado que si hubiera ido a una sin licencia.
Por eso la etiqueta de “licenciado” protege el perímetro, pero no siempre protege a todos los consumidores. Mientras no se diferencien bien estos planos, la regulación seguirá sin responder a la pregunta de fondo: ¿están los usuarios tomando decisiones informadas?






